Morena, en COMPLICADA etapa final para DECIDIR NAYARIT
La sucesión por la gubernatura de Nayarit está entrando en uno de sus momentos políticamente más complejos. Y paradójicamente, el principal problema de Morena no parece encontrarse afuera del partido.
Se encuentra adentro.
Las mediciones electorales disponibles muestran una tendencia bastante consistente: Morena llega al proceso sucesorio como la fuerza política dominante en Nayarit. La encuesta más reciente publicada por La Crónica de Hoy le otorga 41 por ciento de intención de voto para la gubernatura, aun cuando 54 por ciento considera que el estado marcha por mal camino y 51 por ciento desaprueba el desempeño del actual gobernador.
No se trata, además, de una fotografía aislada. Diversas mediciones publicadas durante 2026 coinciden en colocar a Morena en primer lugar, aunque varíen considerablemente las magnitudes: MetaMetrics lo situó en 45.9 por ciento en junio; SRC registró 47.1 por ciento en julio; Alius Polls, 52.4 por ciento; FactoMétrica, 52.9 por ciento; y una medición de Question Mark publicada recientemente lo colocó en 59 por ciento. Las metodologías y resultados no son idénticos y deben analizarse individualmente, pero la tendencia general sí resulta clara: las encuestas públicas revisadas coinciden en colocar a Morena por delante de sus adversarios rumbo a 2027.
Por eso el dilema político de Morena en Nayarit ya no puede reducirse a preguntarse si el partido tiene posibilidades de conservar la gubernatura.
El dilema es quién se queda con Morena.
La definición de quien encabezará la Coordinación Estatal de los Comités de Defensa de la Cuarta Transformación —figura que políticamente representa la antesala de la candidatura gubernamental— se ha convertido en una negociación particularmente complicada.
Las reuniones y conversaciones internas se han endurecido conforme se aproxima la resolución. Entre dirigentes, operadores y grupos políticos nayaritas circula con fuerza la versión de que Héctor Santana y Geraldine Ponce habrían llegado al tramo final de la discusión, con posiciones que hasta ahora ninguno estaría dispuesto a abandonar.
Debe establecerse una precisión fundamental: Morena no ha comunicado oficialmente que Santana y Ponce sean los dos únicos finalistas, por lo que esa versión pertenece todavía al terreno de la información política que circula alrededor de las negociaciones y no al de una resolución formal del partido.
Pero el solo hecho de que la definición continúe generando incertidumbre revela la dimensión del problema: Morena tiene demasiados intereses internos concentrados alrededor de una candidatura que, por las condiciones actuales de competencia, posee un enorme valor político.
Es una lucha férrea.
Una disputa prácticamente sin cuartel en la que cada grupo sabe que perder la coordinación no significa solamente perder una candidatura. Significa perder posiciones futuras, capacidad de negociación, espacios dentro de un eventual gobierno y buena parte de la configuración del poder estatal para los próximos años.
Desde la teoría de las organizaciones políticas, el problema es clásico: cuando un partido aparece ampliamente favorito en una elección constitucional, su proceso interno puede convertirse en la verdadera elección anticipada. La expectativa de triunfo aumenta el valor de la nominación y, consecuentemente, incrementa también la intensidad del conflicto por obtenerla.
Eso parece estar ocurriendo en Nayarit.
Por eso resulta insuficiente observar únicamente qué personaje terminará imponiéndose. La variable verdaderamente importante será medir qué sucede con quienes pierdan.
Porque aunque la negociación final pudiera estar concentrándose entre Santana y Ponce, alrededor de la mesa continúan existiendo otros actores que participaron formalmente en el proceso y que poseen estructuras políticas propias.
Ahí aparecen nombres como Pável Jarero y Jasmín Bugarín, además de los demás participantes del proceso.
Ellos también cuentan.
Y probablemente cuenten todavía más después del anuncio.
Las distintas encuestas publicadas durante los últimos meses incluso han presentado resultados contradictorios respecto de quién es el personaje mejor colocado dentro de Morena. Dependiendo de la casa encuestadora y de la metodología utilizada, diferentes aspirantes han aparecido encabezando las preferencias internas. Esa dispersión constituye otro elemento que dificulta construir una resolución aceptada universalmente por los grupos participantes.
Por ello, la pregunta políticamente relevante no consiste únicamente en quién ganará.
Consiste en quién reconocerá al ganador.
¿Los aspirantes que no obtengan la coordinación cerrarán filas inmediatamente? ¿Sus estructuras territoriales trabajarán para quien resulte seleccionado? ¿Habrá operación política para incorporarlos al proyecto? ¿Permanecerán dentro del movimiento pero disminuirán su participación? ¿Alguno buscará construir otra ruta política?
Hasta ahora no existen elementos públicos suficientes para afirmar que alguno de los participantes abandonará Morena, por lo que sería incorrecto presentarlo como un escenario consumado. Pero desde el análisis electoral, la administración de los derrotados será probablemente la primera gran prueba del candidato ganador.
Morena necesita conseguir algo considerablemente más difícil que ganar una encuesta interna: necesita que quienes pierdan acepten que perdieron.
Y allí radica el verdadero riesgo.
Porque una candidatura puede otorgarse mediante una resolución partidista, pero las estructuras políticas no se transfieren automáticamente con un nombramiento.
Un dirigente puede pronunciar públicamente un mensaje de unidad y, simultáneamente, sus operadores territoriales dejar de movilizarse. Puede mantenerse dentro del partido y reducir su activismo. Puede aceptar formalmente al candidato y conservar políticamente sus agravios.
En política electoral, la unidad no se mide únicamente en fotografías. Se mide en operación territorial.
Por eso la dirigencia nacional enfrenta una ecuación particularmente delicada. Debe seleccionar a quien considere más competitivo, pero también encontrar un mecanismo que permita integrar al resto.
La paradoja es evidente: Morena aparece fuerte frente a sus adversarios y, precisamente por eso, su competencia interna se vuelve más feroz.
Cuando la expectativa de triunfo es elevada, la candidatura deja de percibirse simplemente como una oportunidad para competir y comienza a ser observada por los grupos internos como una puerta casi directa hacia el poder.
De ahí la intensidad de esta batalla.
La resolución que finalmente adopte Morena cerrará solamente la primera etapa de la sucesión nayarita. Inmediatamente comenzará otra, quizá más importante: saber si el partido es capaz de convertir una competencia interna extraordinariamente agresiva en una estructura electoral nuevamente cohesionada.
Porque Morena puede terminar este proceso con un candidato fortalecido y todos los grupos trabajando detrás de él.
Pero también puede terminarlo con un candidato formalmente ganador y varios sectores políticamente agraviados.
Ese es el auténtico dilema de Morena en Nayarit rumbo a 2027.
Las encuestas colocan al partido guinda adelante. El adversario electoral todavía aparece a considerable distancia.
Pero la batalla que hoy mantiene en tensión a la política nayarita ocurre dentro de sus propias filas.
La pregunta ya no es si Morena comienza como favorito para conservar Nayarit. La pregunta es quién se quedará con la candidatura y, sobre todo, cuántos de los que hoy compiten estarán realmente dispuestos a caminar con el ganador al día siguiente.
Porque después de una lucha tan férrea, tan prolongada y tan disputada, el verdadero resultado no será solamente conocer quién ganó la candidatura, sino descubrir qué tan unido —o qué tan fracturado— salió Morena de la guerra por obtenerla.
